La Ira de Narciso

Por Viridiana Nárud

¿Se puede ver al otro a través de sí mismo? ¿Se puede conocer la humanidad desde las visión única y exclusiva del Yo? ¿Se puede hacer referencia al otro si sólo me tomo como referencia a mí? Existe algo peligroso en encasillarse con una sola definición y es que el encasillamiento significa también una cuadratura, adaptarse obligadamente a algo. Existe algo contradictorio en Sergio Blanco: es un fiel protector de las fronteras ya que estas diferencian al individuo del otro, pero cree que el Yo es un instrumento de comunicación indivisible del otro y que a través de su propia persona se puede comunicar con el Todo.

Para los místicos antiguos es necesario disolver el Yo ya que se encuentra arraigado al Ego. Para Jung el abandono del Yo era una búsqueda del self, pero Sergio Blanco juega con su propio reflejo y se hunde en su propia visión. Es cierto, es grandilocuente y un gran académico que dibuja las palabras de gran contenido, pero en realidad están vacías. Sergio Blanco contiene a Sergio Blanco, no a la humanidad ni su comportamiento.

Quizá por ello su análisis me cuesta trabajo. En La Ira de Narciso juega con esta figura mitológica para hablar de su propio asesinato, de la visión del arte y su necesidad de sobrevivir a la muerte. Es cierto cuando Sergio Blanco dice que él no crea nada nuevo y sólo toma de los antiguos, empero, ha sabido hacer de su autoficción una marca que lo hace reproducible en el mundo. Ese es el anhelo de Blanco, su reproducción metafísica a través del acto teatral.

El montaje de Boris Schoemann y la actuación de Christian Magaloni son impecables. Todo está en su lugar. Se reduce a lo mínimo indispensable, dejan que el texto hable y que Blanco brille.

No puedo negar que por momentos esta obra tiene momentos de entretenimiento y reflexión, pero no vemos nada más que a Sergio Blanco hablando de Sergio Blanco, que toma como pretexto los migrantes, la indiferencia del mundo, la sexualidad como alucinación, la muerte como acto último de la imaginación. Pero en la trama, aunque el anuncia desde un principio que no va a existir acción dramática sino narrativa, por momentos la espiral que intenta hacer, se suspende creando una línea recta sin dirección fija. La trama tiene recovecos que la vuelven predecible por lo que la tensión no puede sostenerse, pero sí el humor.

Como espectadora crítica debo aceptar que la grandilocuencia de Blanco no me emociona y tampoco me confunde, es un elefante blanco en medio de un desierto en donde poco se reflexiona y cuestiona.

Un jardín: jugar, contemplar y descubrir

Texto y fotografías por: Johana Trujillo

Diferentes tonalidades de verde me llevan a reconocer un jardín. Dos casitas frente a mí comienzan a cobrar vida. Llaman la atención de la pequeña espectadora que eligió ser parte de la experiencia.

Una ventana se abre en la casa de la derecha, luego en la de la izquierda. Se persiguen, se imitan, exploran, juegan. Luego se saludan con un pie o con una mano. Una lagartija y un gusano de cartón salen de ahí.

“No estoy entendiendo”, dice mi cabeza mientras veo Un Jardín en el Teatro El Galeón del Centro Cultural del Bosque (CCB). Después, los personajes asoman la cabeza y nos miran asombrados. Salen, juegan a imitarse mientras hacen coreografías y movimientos corporales. “¿De qué se trata esto? ¿Cuál es el objetivo”, vuelve a intervenir mi mente. El jardín en la noche cobra vida con luciérnagas y flores luminosas.

La música es instrumental y relajante, media hora después, cambia a una más rápida y “movida”. No hay diálogos, solo movimiento, sonidos y música que invita a estar presentes y atentos. Estos personajes nos invitan a jugar, contemplar y descubrir juntos ese espacios de hojas sueltas, altos pastos y ramitas caídas de los árboles.

Un Jardín es un espacio, una experiencia escénica para peques de 2 a 4 años, personitas que se asombran, se preguntan y quieren ir a explorar lo que tienen frente a sus ojos. De esta manera, la Secretaría de Cultura del Gobierno de México y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (Inbal), a través del programa de Teatro para niñas, niños y jóvenes de la Coordinación Nacional de Teatro y la compañía Una canasta de limones, invitan a ha habitar el espacio teatral en familia. Se busca que se toquen texturas y que todos puedan jugar, el único requisito es interactuar sin zapatos.

Con este proyecto, la compañía Una canasta de limones busca entender a qué juegan y qué interesa a estas edades. La propuesta nace de preguntarse: ¿cómo generar un espacio seguro para que los niños puedan habitarlo? ¿A qué queremos jugar? ¿Cómo comparten y ven la vida esta edad?

Esta puesta en escena cuenta con la dirección escénica de Mauricio Arizona y las interpretaciones de André Usagui y Mario González Solís. El diseño de escenografía es de Aline Bejarano, el diseño de vestuario, de Sergio Mirón; la ilustración escénica e identidad gráfica de Marco Enciso, y la música original está a cargo de Edwin de Partera.

Los pequeños que se animen a explorar ese jardín nos mostrarán la curiosidad en acción y cómo jugar, sin embargo me queda la duda sobre cuánta conexión con la naturaleza puede generar esta experiencia que se apoya de la ficción. Si alguien tiene la respuesta por favor escríbame de vuelta. Mientras, vayan y exploraren Un jardín, harán una pausa descubriendo el valor de compartir. Ofrecerá temporada del 23 de septiembre al 29 de octubre, los sábados y domingos a las 13:00 horas, en el Teatro El Galeón Abraham Oceransky del CCB.

Otro Romeo y Julieta

Romeo y Julieta quizá sea una de las historias de la literatura más conocidas. Dos adolescentes cuyas familias están enemistadas y se enamoran. Su amor prohibido (ésta es la verdadera historia de la cual no pienso dar detalles por si hay algún despistado que aún no la haya leído o visto) los lleva a un fatal desenlace.

   Bestiario teatro presentó ésta misma obra en el Teatro La Capilla de la Ciudad de México. Bajo la dirección y traducción de Diego Álvarez Robledo diez jóvenes actores vestidos de manera simple, un pantalón holgado, camisa negra y botas de trabajo, dieron vida a esta historia estrenada en el siglo XVI.

   La propuesta de Bestiario es atractiva. Toda la obra parece un collage en el que la anécdota es más importante que la figura del actor, me explico: los personajes de Shakespeare están dibujados con sus características particulares, de modo que los actores se pasan el vestuario como una especie de estafeta, es así que a veces Romeo es ella, o Julieta es él, pero la dama que acompaña a Julieta siempre es coja y lleva mandil.

   Mientras que la obra sucede en Verona y Mantua, Bestiario no se preocupa de vestir el teatro con decorados o escenografías complejas; la compañía apuesta por un espacio negro, simple, con apenas tres cajones de madera cruda que les sirven para crear diferentes sitios. Así estos cajones se convierten en un sepulcro, en un salón de fiestas o en la muralla que Romeo escala para llegar a su amada. Al fondo hay un balcón que acentúa y crea atmósferas distintas gracias a la iluminación y, hay que decirlo, la dirección aprovechó al máximo el espacio del teatro, ya que los actores no se limitaban al escenario, entraban y salían por entre el pasillo del público lo que, como espectadores, nos obligaba a seguir con atención a los actores y daba una absoluta fluidez entre una escena y otra que mantenía el ritmo de la obra.

   Para sumar un elemento a esto que he percibido como un collage, hay que destacar el playlist que acompañaba la obra, acentuando el ambiente creado por los actores, canciones de Radiohead, The Beatles, The Turtles, The Mamas & The Papas e incluso alguna colada de Celso Piña potenciaban algún aspecto emotivo o festivo en las diferentes escenas, en las que la propuesta rozaba con un musical.

   Un detalle muy puntual que hubiera agradecido es un intermedio, casi tres horas de función requieren de mucho trabajo y atención, no sólo para los actores, sino como espectadora.

   Romeo y Julieta es un clásico, es una apuesta segura porque es una obra que, no sólo ha sobrevivido a este mundo ingrato que a veces suele ser el teatro, sino que ha permanecido con gloria tanto en la literatura como en la escena.

La propuesta de Bestiario al rehacer a Shakespeare es atractiva, pero no puedo evitar preguntarme: ¿para qué? ¿Se hace teatro por el ejercicio de hacer teatro? ¿Pudo haber sido Shakespeare como Moliere o Lope de Vega? Y no me malentiendan, da gusto ver a jóvenes con tanta energía en la escena, pero al final no creo haber visto una perspectiva diferente de Romeo y Julieta.

Quizá, como decía Michael Ende en Momo “En una palabra: los teatros eran tal como la gente se los podía permitir. Pero todos querían tener uno, porque eran oyentes y mirones apasionados.” Y entonces tenemos el teatro que nos podemos permitir.

 

Blanca Valdepeña.

Ensayista y traductora. Estudió Letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara. 

Todos eran mis hijos

Por Viridiana Nárud

Arthur Miller es conocido por haber hecho fuertes críticas al sistema y la creación como ideal del conocido Sueño Americano, el cual promueve hasta la fecha, los valores norteamericanos de la meritocracia. Sin embargo, la obra de Miller no es panfletaria, por el contrario, es totalmente humana. Los personajes de este autor viven dramas profundos en los cuáles se cuestionan sus valores morales en medio de una sociedad corrompida por el dinero y el consumismo, todo esto en medio de una época llena de censura y explosión del Sueño Americano.

Todos eran mis hijos narra la historia de una familia que ha perdido a su hijo en la guerra,

poco a poco, como lo hacen las grandes dramaturgias, nos va revelando un oscuro secreto familiar que acaba con la fachada de una familia perfecta que promueve el Sueño Americano.

En esta ocasión Diego del Río decidió tomar en sus manos el texto e interpretarlo desde una visión que no pertenece a la obra. Diego impone, no escucha al texto. Esto se ve desde la primera escena en donde la unidad de espacio y tiempo se ha roto y genera en el espectador perdida y confusión.

El drama de Arthur Miller exige mucho por parte de dirección y de actores. Se necesita entender el tren de pensamiento y carga emocional de los personajes: todos tienen un oscuro pasado que los atormenta, la lucha interna no les permite estar del todo en el presente, es por ello su conflicto. Sin embargo, en el montaje de Diego del Río, los actores parecen no estar conectados con sus personajes. Miradas vacías, palabras ligeras, no existe acción alguna que muestre la densidad de acción dramática planteada por el autor y los conflictos internos y externos de los personaje.

Sólo existen tres actores que sí comprendieron la obra: Arcelia Ramírez, Angélica Bauter y Eugenio Rubio. Pero debido a la falta de replica de sus compañeros a nivel actoral, el drama parece desencajado. Hay un momento en donde Eugenio Rubio mira a Ana Guzmán buscando respuesta, pero ella no responde. Sólo la trama cobra poder y sentido cuando Arcelia Ramirez y Eugenio Rubio se encuentran. Para esto ya pasaron casi dos horas del montaje.

Mi invitación es para los actores y el director: ¿Por qué no dejar que la densidad de la dramaturgia hablen? ¿Por qué quitarle sentimiento a la palabra? ¿Por qué imponer una visión de dirección de un teatro vacío en donde no es necesario? ¿Por qué elegir un texto si en verdad se quiere decir otra cosa?

La dramaturgia de Arthur Miller no sólo expresa una época, sino cuestiona el conflicto humano ante el derrumbamiento de sus ideales, de sus creencias, es la lucha por la dignidad y el mantenerse humano ante una sociedad consumista dispuesta a todo por dinero. ¿Nos parece familiar?


La obra estará en temporada hasta el 19 de septiembre en el Teatro Helénico.

Un par. Una propuesta vanguardista para niños

Por Diego Espitia / Foto: Fabián Bezun

La apuesta es arriesgada, y en ello estriba su valor y su interés. En 2023 difícilmente haría eco para los niños pequeños una fábula sobre una niña que, al hacer poco caso de las instrucciones, es cazada por un lobo, que la engaña simulando ser su abuela. Ya no hay ningún bosque, ningún lobo, ninguna abuelita ni ningún cazador que salvará al final la historia. La realidad es profundamente distinta para una buena parte de los niños que hoy tienen 3 o más años (el público sugerido) en nuestra gran y compleja capital. Así pues, “Un par” es un juego teatral novedoso, una propuesta que abandona casi totalmente el diálogo, la moraleja directa, incluso los clásicos estímulos visuales y auditivos que uno esperaría en una obra infantil.

Y sin embargo hay más de lo que a primera vista se observa. La interacción de dos personas, que parten de la imitación (casi visten igual) a la emancipación de la individualidad en cada uno. Empiezan como un par indistinto, pasan por un par distanciado y casi enfrentado, hasta entender que el respeto, la generosidad, la empatía, y por qué no, el afecto, son las mejores herramientas que tenemos para vivir en armonía en un mundo que nos ofrece una estrecha casa, y pocos y valiosos objetos para compartir.

Al final es un juego teatral, es el tono que logran. Una apuesta por la intuición de los niños, que podrán saber prescindir del diálogo y dar un salto imaginativo a través del elaborado trabajo escénico, hibrido por momentos entre la danza y la mímica, de Adrián Hernández y José Agüero (también responsables de la dramaturgia y la dirección), fundadores de la compañía “Teatro al vacío”, que nos presentan así “Un par”, en el teatro Xavier Villaurrutia, en el Centro Cultural del Bosque, hasta el 20 de agosto, sábados y domingos a las 13:00 horas. Sin duda una experiencia interesante para niños y adultos.

Inteligencia actoral

Por Viridiana Nárud (@viridianaeunice)

Inteligencia actoral aborda las problemáticas que los teatreros enfrentan en los últimos días de montaje, la histeria de los actores o el abandono de uno de ellos. Sin embargo, en este montaje se propone una visión futurista en donde un robot podrá sustituir al personaje principal, al menos, así lo marca la premisa principal de la obra.

Lo cierto es que la obra tiene un buen sentido del humor y las actuaciones en general son buenas. Es cierto que la dramaturgia cumple en un sentido de entretenimiento, pero por otro diría que falta por parte del dramaturgo Flavio González Mello,  verisimilitud. Durante las dos horas y media que dura la obra, se nos platea que un humanoide debe sustituir al actor principal de la obra de Hamlet. Así que, bajo esa premisa, el dramaturgo genera una serie de enredos que recaen sobre el director el cuál cuestiona de manera ontológica qué es lo que hace a un actor, ¿es el alma? ¿sus errores en escena? ¿su dificultad para aprenderse los diálogos? ¿Por qué una interpretación perfecta le quita lo vivo al teatro?

Poco a poco vamos generando empatía con nuestro pequeño robot desprovisto de toda humanidad, que empero, conforme a la exigencia y desapruebo del director, comienza a preguntarse cómo podría tener mayores emociones. El robot comienza a tener vida propia, a sentir y a desarrollar un alma. Padecemos con este inocente personaje su desesperación. Pero algo sucede al final con los giros de tuerca plateados por el autor: Lo que acabas de ver durante dos horas y media, no es verdad, es mentira. Después el autor desea plantear la duda al espectador si en verdad es un humano o un sustituto, pero pues el desarrollo de esta idea parece mas una ocurrencia que no permite al espectador dudar al respecto, además de plantear la problemática con el director. No contaré para que quienes deseen ir a verla, puedan disfrutar de uno de tres finales.

También existe una situación con la escenografía, no entiendo por qué el movimiento de ésta cada cierre de acto. Tampoco entiendo el tapete de ajedrez que no se ve y todo esto porque lo tapa una lámpara, tampoco es que los personajes jueguen en él como parte de un entramado de guerra o intriga. Digamos que está de más. Quizá serían necesario sólo unos cuantos movimientos y así podría durar menos la obra.

Es cierto que Inteligencia Actoral es de las obras, que he visto hasta el momento, que se destaca por hacer una apuesta narrativa con cierto sentido, aunque se desvanece al final. Hace falta rigor, preguntarse: ¿es verosímil? ¿Tiene sentido mi escenografía?

El teatrero tiene una deuda con el público, éste deja de ir, no porque no entienda la obra, sino porque el teatro no le comunica. ¿Por qué acabar una obra que tenía potencial con tres finales que no tenían nada que ver con toda la obra?

El Síndrome Duchamp

Por Viridiana Nárud / Foto: Por Piedad Teatro

Contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores

quienes hacen los cuadros.

Marcel Duchamp

 

Cuando asisto al teatro es porque me gusta ver en el escenario lo extraordinario. Soy una espectadora que busca y esto me vuelve crítica. Es cierto que la estructura de la dramaturgia se ha perdido, pero no significa que por ello haya dejado de ser importante. En escena, todo tiene una dramaturgia y es que también la imagen cuenta una acción dramática, incluso en yuxtaposición de escenas que en su contenido parecen abstracto, tienen como función revelar una emoción ya sea pasional o estética. El arte revela, por eso Duchamp, incluso después de haber inaugurado esta vertiente del no arte y arte conceptual se consagró como artista.

 

Es inevitable pensar en el francés cuando una obra lleva su nombre y hace honor a su obra. Sin embargo, existe una falla en el concepto. La obra tiene déficits conceptuales y su ejecución no deja de habitar la superficie, es cierto que está hecha con todo el corazón, pero a veces eso no es suficiente. El arte conceptual exige un genio que pueda desarrollar y mantener el aliento del concepto, ese es su arte.

 

“El Síndrome Duchamp” quiere hablar del migrante que deja México para probar suerte en E.U.A, sin embargo, es un migrante exquisito, conocedor de la obra de Van Gogh, de Monet, de Duchamp y su vida se transforma después de conocer el MOMA en Nueva York. También traza la vida de un hombre que vive marginado por su condición de migrante, de asocial, de pobre que ha encontrado en una cucaracha a un amigo y mentor, también es un cómico poco gracioso. Todo está, pero nada se vuelve sensible.

 

Las imágenes de los objetos simpáticos en su apariencia, pero no revelan nada a la psique. Es una multiplicación en escala de su alter ego que clama ser reconocido. Según el autor esta obra es la búsqueda de amor, entonces, por qué no encarar de frente a ese sentimiento y revelar que está trazado, pero se mantiene en la superficie.

Noche de Reyes: ¿Cómo se actualiza un clásico del teatro universal?

Por Isael Almanza (@isaelaqui)

 

Alonso Iñiguez es uno de los directores jóvenes con trayectoria solida. Esto es debido en gran parte por este montaje realizado en el año 2017, que a cinco años de ese estreno, se vuelve a remontar, a re visitar su vigencia, no sin antes resaltar al elenco, que es casi en su totalidad el equipo actoral original. Destaco la gran interpretación y entrega de Adriana Montes de Oca, quien hace el papel de bufón y nos plantea de manera clara desde la primera intervención el alma lúdica de la puesta en escena, así como del trabajo de Pache Amor (Pablo Chemor) en la creación del montaje musical y en la interpretación del papel cómico en escena, resaltando su maestría entre dos universos complejos.

Ahora mencionaré los por qués y virtudes de que Noche de Reyes se vuelva a presentar. Su adaptación, pues toma el juego de géneros que ya está planteado por Shakespeare y lo potencializa Alonso travistiendo a todos los actores y a todos los personajes, entrelazando con la inteligencia al puro estilo Cabaret, con música en vivo y actores-cómicos, que dan vida a una constante fiesta e ironías dentro de la obra. A su vez, la inteligencia al plantear la verbalidad más cercana a un público mexicano que al purismo del verso Isabelino, es así como juega a meter incluso fragmentos improvisados de Pedro Páramo. El uso del lenguaje incluyente detona dentro de esta adaptación shakesperiana, en el que hombres actuaban interpretando a ambos géneros, y en este caso las mujeres fungiendo de hombres, haciendo de un enredo un juego, y una postura clara de que hoy en día uno es libre de vestir y ser el género con el que más se identifique. Otra gran virtud es el trabajo de Mauricio Ascencio, que se merece prácticamente una nota por su gran trabajo en el diseño escenográfico, lumínico y de vestuario, el cual es un trabajo meticuloso, lleno de detalles y discurso poético. El escenario es una fragmentación meta-teatral con telonería, pero también piezas de piso de madera que pueden fungir como si estuvieran en un barco, y esa telonería se queda como las velas de este barco, y esas velas dan una naturaleza en el que las luces se reflejan y se vuelve un ciclorama en cada momento lírico de la puesta, una resignificación constante. Mauricio, acompaña con gran complicidad cada uno de los pasos de los actores, así como los de Alonso, resultando una obra redonda, donde uno no deja de reír, e interactuar con lo que sucede en escena, y a su vez admirando el trabajo de diseño escénico.

Es un montaje donde se ven amigos divirtiéndose y haciendo teatro por amor, pero también con disciplina, espontaneidad, rigor y profesionalismo. Funciona tan bien el trabajo que ellos se encuentran por arriba de la propia obra. ¿Por qué lo digo? Porque llenan cada hueco, hacen ver tan sencillo los gags, la forma de improvisar que la anécdota, el relato, pasan a un segundo plano, para seguir adentrándose en el trabajo actoral.

¿Cómo se actualiza una obra de teatro universal? Apropiándose del discurso, pero sobre todo, divirtiéndose como lo hacen en este caso. Ojalá nunca se dejen de divertir, ni se aburran.

Últimas funciones en el Teatro Milán (Lucerna 64, esquina Milán. Colonia Juárez) hasta el 18 de diciembre de 2022. Viernes 20:00 horas, sábado 19:00 horas y domingo 18:00 horas.

 

Dramaturgia: William Shakespeare.

Dirección: Alonso Íñiguez Sosa.

Elenco:  Adriana Montes de Oca, Antonio Alcántara, Carlos Aragón, Diana Bovio, Jacobo Lieberman, Julián Segura, María Penella, Pablo Chemor y José Ponce.

Duración aproximada: 120 minutos

Clasificación: Adolescentes y adultos

La Dulzura

Por Viridiana Nárud

La Dulzura es una obra escrita por David Olguín, interpretada por Laura Almela y Daphne Keller. El conflicto es sencillo y claro: una madre e hija se enfrentan después de la muerte del padre, un secreto muy oscuro tiene que ser revelado. Sin embargo, el conflicto se desdibuja y apunta a distintas cosas que nos extravían como espectador.

Tenemos una escenografía que simula una sala de interrogatorio: una mesa y dos sillas, lo que avisa de antemano que esto será una batalla entre madre e hija. Comienza la obra hablando de Freya, gata que pertenecía al padre y que por el nombre que tiene invoca a la diosa nórdica del mismo nombre, la cual es descrita como la diosa del amor y la belleza. Durante la obra reinará la analogía entre la gata y la madre, lo que desencarna el celo de la hija por el amor del padre.

Pero hay algo en la trama, algo que no conecta y que pareciera producto de distintas ocurrencias. El conflicto principal se desdibuja al inicio de la obra porque el gran misterio es revelado sin la mayor oposición de la madre, aunque se trata de mantener la tensión debido a ese “secreto” no se logra; después se encuentra este juego del lenguaje que trata de avanzar dramáticamente por medio de un juego en cual sólo se contesta y pregunta por medio de una palabra. El listado o enunciación de las palabras y su secuencia tendrían que dibujar en la mente del espectador un hecho, pero no se logra.

También se encuentra este juego de la magia y el ritual. El muerto es invocado por la hija y se supone que tendría que estar presente en medio de la ausencia. ¿Por qué no se logra que el muerto esté presente en esa noche en donde cobra vida a través de la palabra para vengar a la madre? Porque la palabra no tiene fuerza, porque la evocación de Lázaro no es suficiente para traerlo a la vida.

La magia y el ritual tienen sus propias reglas y ellas tienen su peso en la palabra, el silencio y en las acciones. Que es algo que no respeta el autor en esta obra. Por eso la evocación del padre y la miseria que con él trae no queda conjurada en la obra.

Lo único que necesita una gran actriz es una gran obra y las ganas de triunfar

Por Viridiana Nárud (@Viridianaeunice)

Hace años escuché hablar de esta obra y de lo impresionante que era la actuación de Mari Carmen Ruiz, lo que ondeaba entre lo grotesco y maravilloso. Así que cuando se abrió la posibilidad de ir a ver esta obra, inmediatamente dije que sí. Inicia la obra: dos mujeres, opuestas en todo, se encuentran frente a frente, gritan cosas imposibles de entender. Van de un lado al otro del escenario; lavan ropa, gritan, se desnudan y yo sigo sin entender nada. Escucho al señor junto a mí: Me duele la cabeza. Después, una pausa, las mujeres han dejado la metaficción para entrar a la ficción. Recuerdo que es la adaptación de Las Criadas de Jean Genet, obra que narra el asesinato que cometen dos criadas contra su ama.

Ahora, para entender esta obra, Lo único que necesita una gran actriz es una gran obra y las ganas de triunfar, es importante entender su contexto e importancia respecto a la fecha de su estreno y la fecha actual. Hace diez años el teatro en México dejó de ser institucional al abrirse espacios alternativos y no convencionales, había una urgencia por parte de la juventud, no sólo de hacer teatro, sino también de consumirlo. El boom de estos espacios no convencionales dio paso a lo que me gusta llamar: La Breve Etapa de Oro en el Teatro Mexicano. Vaca 35 Teatro fue partícipe de este movimiento consciente o inconscientemente. Su manera transgresora y antiestética llamó la atención de las juventudes necesitadas de ver nuevas maneras y formas que rompieran las estéticas y narrativas convencionales.

A nueve años después de su estreno esa fuerza se ha roto como un hechizo. Es difícil entender de qué trata la obra si no se sabe que está basada en las Las Criadas de Genet, lo cierto es que esta obra es sólo un pretexto para narrar algo más, algo que no queda claro al espectador. Anne Carson dice que la economía de la poesía radica en el Tú, a lo que yo sumo, a esa capacidad en donde el otro se ve inmerso en la obra y se le comunica algo. La tarea básica del teatro es la comunicar porque sin el otro, sin su eco, no es nada.